Textos
Aquí algunos textos de Umberto Senegal, muestra de su amplia obra en distintos géneros.
Poesía
No le presten ese cuchillo
al niño,
cuando duerma su abuela.
Escóndanle el hacha
a la abuela
cuando el niño duerma.
No los dejen solos durante
pleamar o luna menguante.
Llévenla a ella
y enciérrenla en la bodega.
Llévenlo a él
y átenlo con seda azul al fresno.
Pongan en la mano de la abuela
una espiga de trigo,
y díganle que el niño aprendió
la nana de la Misericordia.
Pongan en la mano del niño
un caracol
y enséñenle a escuchar en él
la canción de las olas
o la risa de las sirenas.
Ella no escuchó
No lo sé,
de verdad no lo sé, pero lo escucho
todas las noches
y no es entre el sueño
como para atribuírselo a una pesadilla,
sino siempre antes del sueño,
al niño que llora inconsolable
y hace aullar a un perro lejano;
o al perro que aúlla
y hace llorar al niño,
no sé cuál de los dos primero.
Y parece normal.
Sin embargo aquí, solo en mi alcoba,
a veces lloro y a veces aúllo
en voz baja,
casi murmurando para no despertar
a mi madre
quien me asegura que nunca
ha escuchado llorar al perro
ni aullar al niño.
(Mayo 3 2020 cuarentena)
Columna En El Lejero de Rosero (1)
En su libro Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, la estética concebida y desarrollada por E. Burke reglamentó para la literatura, y en particular para la novela, los grados sicológicos de la experiencia emocional gótica. De acuerdo con este, se descubre y se siente lo sublime cuando oscuridad y terror, mediante enigmática prosa de un cuento, velados versos de un poema o espectrales protagonistas de una novela, entre la razón y lo prodigioso, originan la “emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir”. No se puede conocer todo acerca de cuanto al ser humano suscita pavor porque, de lo contrario, “gran parte de la aprensión se desvanece”, expone Burke. Al concluir la lectura de la indescifrable, la más insólita y poética, enigmática novela con características neogóticas publicada en Colombia a lo largo de toda su historia literaria, -admitiendo las premisas de Burke sobre la concurrencia de lo bello y sublime en una obra literaria-, nunca entenderemos cuál es la naturaleza real de este pueblo sin nombre, diseñado con neblina y vértigo por el narrador colombiano Evelio José Rosero. Con protagonistas humanos que conviven entre la pestilencia y la sangre de pollos muertos y vivos, y la presencia reduplicada de ratones vivos y muertos, saliendo y posesionándose a toda hora de sus calles. “Esos asquerosos ratones se vienen a morir desde todos los rincones del mundo; este es el pueblo de los ratones, el único pueblo del mundo donde vienen a morirse los ratones del mundo, el único”. Se lamenta la ciega, otra de las extravagantes protagonistas de la novela, más repulsiva que los ratones destripados. La constante y envolvente neblina es protagonista viva de esta breve novela donde, a teorías literarias o hermenéuticas narrativas de cualquier tipo, no es preciso averiguarles por su trama razonable. Ni por su sentido lógico. Tampoco por el orden narrativo. Mucho menos por la estructura formal y coherencia de los eventos, para no perder el encanto, los retos de comprensión y lectura inherentes a cada capítulo de los doce que conforman tal obra y que este libro de Rosero plantea, sin facilismos narrativos, a quienes esperan encontrar una novela en el sentido clásico del término. Poco importa saber qué sucede, del principio al final, en este rulfiano pueblo, con el estoico abuelo buscando a su nieta Rosaura. Poco importa saber de dónde vienen y qué hacen, cuáles sus roles entre la acción de la novela y para dónde se dirigen todos y cada uno de los ominosos, difuminados personajes rebotando entre el espacio y el tiempo narrativo y poético, desde los lugares menos pensados del sueño, la realidad y la alucinación.
(25 de septiembre 2021)
En El Lejero de Rosero (2)
Lo atractivo de tan extraña noveleta, es sentir cómo va sucediendo todo. En este compacto y poético relato, jamás se indicará hasta dónde, para el lector y los personajes de la obra, arribarán las fronteras del sueño. Linderos de la alucinación. Rosaura es la niña de nueve años que en otro distante pueblo “desapareció mientras compraba rosas en la tienda”. Y quien, de alguna manera, llegó a este pueblo invocada tal vez por el fantasma de alguna bruja o chamana residente en Comala. “La última vez que la vi –repuso el albino- le daba teta a un niñito. Fíjese, es posible que ya sea usted bisabuelo”. El albino, otro personaje que irrita, hiere la susceptibilidad de aquellos descaminados visitantes que por error lleguen al pueblo. La extraordinaria metáfora poética de soledad, abandono y muerte en que la noveleta se transmuta, no tiene explicación. No se deben elucidar con fórmulas de interpretación narrativa, ninguno de los personajes que por aquí desfilan, entre lo natural de lo absurdo. O viceversa. Cuanto sucede a lo largo de esta extraña novela breve (89 páginas) de Evelio José Rosero, no es convencional, ni frecuente en la narrativa colombiana. Situaciones, diálogos, personajes, paisaje y argumento del libro, se disipan entre la niebla del pueblo. Cerca de sus abismos. Con un volcán de fondo. Pasando en una prosa musical y pausada, de la vigilia a lo onírico y de lo trivial a lo fantástico y absurdo, una y otra vez en alas de la poesía para conformar insólitas perspectivas de lo relatado. “Se vio él mismo, asomado, igual que una sombra arrepentida de encontrarse allí, en la cima desconocida de esa calle, en ese pueblo sembrado de ratones, en ese pueblo que bordeaba la cordillera, en ese pueblo que limitaba a un lado con el volcán y al otro con el abismo”. La sitúo entre las tres mayores noveletas de la narrativa colombiana, y no exagero al afirmar que puede situarse entre las 10 mejores de Latinoamérica, junto con Aura, de Carlos Fuentes; El coronel no tiene quién le escriba, de García Márquez o El perseguidor, de Cortázar. Tal vez Rosero leyó La lluvia amarilla. Novela semejante, del español Julio Llamazares. Monólogo espectral del último habitante de un pueblo abandonado, con paisaje frío igual que el yermo villorrio donde llega el anciano buscando a su nieta extraviada. Lecturas delirantes, denomina Umberto Eco el exceso de interpretaciones en cualquier lectura. Niveles literales, metafóricos o anagógicos que surgen durante la presentación de personajes, diversificando la idea original del escritor. El lejero provoca en el lector semiótico -este que no reconoce solo contenidos sino que valora el engranaje literario sobre el cual se asienta el proceso de comunicación-, delirantes interpretaciones.
(2 de octubre 2021)
Microrrelato
Estaba dispuesto a confesarlo todo cuando le dieron la hoja en blanco y un lápiz. Estaba dispuesto a escribir todos los nombres y a decir que era por su propia voluntad, pero entonces se encharcó de sangre.
¿Sola yo? ¿Sola? ¿Quién dijo eso? ¿Y cuándo lo dijo? Si lo dijo es porque nunca ha entrado a mi alcoba. Dígale que venga y hable conmigo. Lo dejaré entrar y le mostraré el clóset donde tengo 108 pares de guantes. Con todos ellos me saludo en cualquier hora del día. Nos estrechamos las manos. Tengo guantes en cien materiales diferentes. Cada par tiene su nombre. Imagínese, sola yo... Observe los que tengo puestos: seda roja. Dentro de poco, comenzarán a acariciarme, mientras los 107 restantes esperan su turno pacientes.
En el asilo
Al principio, el anciano se vio obligado por las muertes, los olvidos y desamparos, a inventar fantasmas que vinieran a visitarlo. Uno diferente cada semana. Llegaban sin falta. Había tanto para dialogar con ellos. Después, semanas después de morir, eran seres reales quienes venían a visitar el locuaz fantasma del anciano.
Haiku
¿Desde cuándo está
vacío el nido sobre
la rama?
El viento cierra
y abre la puerta, duerme
profundo el gato.
Canción o queja los golpes
del pájaro carpintero
sobre el tronco.
Bajo el aguacero
el anciano abre su paraguas
para proteger al perro.
Salta una rana
en la fuente
sin agua.
Junto a los del
caballo, huellas de pies
descalzos.
Haijines viejos
o nuevos, a cualquier
hora leo haikus.
Ni antiguo ni nuevo
el haiku y la manzana
madura, este anochecer.
Señalaban montañas,
señalan rascacielos
y el haiku siempre pequeño.
Hoja de diario
Conozco los argumentos, pero no tengo las palabras para revelarle a los poetas, a los místicos, a los filósofos, que Whitman y Caeiro son la misma persona, el mismo poeta: ambos son la misma voz del Nuevo Evangelio que necesita el hombre del siglo XXI. El canto a mí mismo y El guardador de rebaños, ambos como un solo evangelio poético son la respuesta al apocalipsis de los algoritmos. Instinto, digo Whitman. Sensación, digo Caeiro. Sensoinstinto, digo yo.
Escribo un texto donde pongo a dialogar con sus versos a Pessoa y a Whitman: cada uno pregunta, habla y responde solo con sus versos y de estos, así mezclados, nace el poema que yo he visto en la redondez de una naranja o en el aroma de una guayaba podrida. Pessoa vio lo que vio Whitman. Whitman vio lo que Pessoa vio, pero lo maravilloso es que yo estoy aquí ahora viendo lo que ellos dos vieron. Y si no lo digo igual, igual lo digo y lo vivo. Amigos, yo no vine aquí para afirmar, para negar o discutir. yo vine aquí para ser. Y soy si sé mirar, sé escuchar, sé oler, sé tocar y saborear. A cualquiera podrá asustar la muerte, menos al hombre que haya leído como un solo libro el Canto a mí mismo y El guardador de rebaños. La muerte se alegra, sonríe y bendice al hombre que logra encontrar en ella la suprema, absoluta, irrebatible razón de vida.